Espresso Doble

Este es un espacio que ha tenido muchas vidas, en muchas plataformas. Ahora aquí...cosas que he escrito en mis pretensiones escribir cuentos cortos, de contar pequeñas historias. 

Turbulencia

Las miradas entre los pasajeros, la aprehensión silenciosa y el deseo porque lo que venga sea breve e inofensivo. Afuera solo nubes de un blanco grisáceo que impide saber si el avión sobrevuela un océano, una ciudad o una cordillera; no importa en realidad porque de estrellarse contra cualquiera de ellas, el final es inevitable. La campanilla suena una vez más recordando que el anuncio está encendido y un último recorrido de una azafata anónima - pues todas han perfeccionado su trabajo al punto de no representar diferencia entre sí - que sujetándose de los respaldos de los asientos atraviesa toda la extensión del avión con mirada severa, forzando a que los últimos pasajeros cumplan con la orden de la cabina.

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01:46

El silencio interrumpido solo por el zumbido de algún aparato electrónico. La calma del final de muchos días en que la ansiedad lo envolvía todo, como la niebla que afuera, morosa, oculta la montaña, las luces lejanas, y que, parecería que hasta amortigua el ruido del motor del único auto que se mueve en una calle que nadie transita a esta hora (¿cuál será esa historia).Semi - penumbra y muchas imágenes: pienso en el haiku sobre la rana saltando en el charco, bajo la luz de la luna, mientras mis oídos "espían" el croar que viene desde un sitio indefinido; unas plantas de hojas recogidas que se abrirán al sol puntualmente, apenas salga; el respiro acompañado de la certeza que este momento, 1:46, no hay ideas por sistematizar, conceptos que aclarar, papeles por entregar, personas por cuidar… solo zumbido, niebla y ranas. De repente hasta eso para. Aprieto publicar. 

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Gris

Cynthia Gregorova, Dont'speak to me, 2022. Painting, acrylic / pencil / watercolor on paper, 72 x 52 cm.

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CIVIC 75

Sonó el timbre y salí corriendo. Era más o menos la hora que acordamos con mi papá. Casi siempre llegaba a tiempo; más o menos media hora después de lo que me había dicho, pero ese era nuestro acuerdo de siempre, siempre entendido, nunca enunciado. Años más tarde me costó comprender que no todos tenían esa media hora de tolerancia, pues para mi, para nosotros, era lo normal.Salí y allí estaba, con su inseparable traje azul, la camisa blanca. En esa época ya se había liberado de la corbata, lo que nunca sucedió con el traje, hasta el último día. Lo vi parado junto a la reja negra que a lo largo de muchísimos años había sido colonizada por una abundante bugambilla de un púrpura intenso que separaba nuestra casa de la calle, y que marcaba la línea divisoria entre los diversos momentos de mi vida. Alto, gordo - como era en esos años - y con una sonrisa bondadosa y pícara que hacía que brillaran sus ojos, como si fuera un niño. 

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